Me marcho con una última mirada directa a los ojos. Parece honesto. CREO que lo es. Dejo una pasta a cambio de una pegatina (el timo de la estampita no ha estado nunca tan a huevo) pero, no sé, hay niños alrededor de él, y eso, aunque sea estúpido, me da confianza.
Sí. CREO. CREO que todo va a ir bien.
Miro al frente y veo la avioneta en la que voy a volar. Bien, no está mal. Aterrizo en Lago Agrio: “esta descuidada ciudad petrolífera no es de las más turísticas […] Bares sórdidos, prostitutas y fugitivos comparten inmuebles con trabajadores del petróleo, de alto poder adquisitivo, mientras los trabajadores lugareños agachan la cabeza y se ocupan de sus asuntos […] El actual conflicto en la vecina Colombia, ha convertido a las ciudades fronterizas como Lago Agrio, en refugios para guerrillas colombianas, paramilitares que se oponen a los rebeldes traficantes de drogas […]”
Que así sea!¡ Y así es…
“El verdadero atractivo de la capital de la provincia de Sucumbios es ser el punto de entrada a la espectacular y singular reserva de Cuyabeno […]” LA SELVA ECUATORIANA.
El aeropuerto es la mínima expresión de aeropuerto. Un tractor transporta los equipajes que van siendo compulsivamente tirados al interior de una habitación que da a la pista de aterrizaje.
Abandono el lugar entre militares, lo que ni de lejos me da seguridad, sino más bien cierto desasosiego.
Nadie me espera con mi nombre, con una sonrisa o con un distintivo guiri. Nadie. ¿Y yo? Pues yo simplemente CREO que va a aparecer. Y así es. A su tiempo (que no necesariamente tiene que coincidir con el mío, claro) Con toda la tranquilidad del mundo, veo un papel blanco agitarse a lo lejos, en las manos de un tipo, que no mira a nadie. Adivino – imagino – quiero ver – CREO – que tiene el mismo logotipo que mi pegatina. Efectivamente, así es.
En el “coche”… dos suecas, con buena intención, pero si mucha idea de español. Y un ecuatoriano, sin ninguna intención de lanzarse con el inglés. Bien, me acaban de nombrar intérprete oficial de ese reino.
Nos adentramos en la selva. Efectivamente, tiene toda la pinta de ser el refugio de las guerrillas colombianas (esto es lo que ha conseguido la industria cinematográfica estadounidense). En ese momento tomo conciencia de algo. Nadie, absolutamente nadie, sabe dónde estoy. Mi móvil ni tan siquiera intentó entrar en la onda ecuatoriana y murió en el mismísimo aeropuerto, y claro, lo más probable es que no haya ni… electricidad! Las señales de humo son más propias del oeste americano, y el tema yogur con hilo no funciona en modo wifi. Estoy vendida.
Dos horas y media de camino (que no carretera) en el que estamos a punto de volcar en más de una ocasión. Ahí se me hace un poco más duro, aunque sigo CREYENDO que todo va a ir bien.
Veo mis primeros animales selváticos: una vaca y un cerdo en medio de la carretera. Desilusión. Cuando pensé en meterme en esto, nunca imaginé que me encontraría con estas especies. Esperaba algo más exótico, no sé. Error. Esta gente también tiene que comer ¿no?
A medida que nos adentramos en la selva, el sentimiento de aislamiento aumenta.
Termina la tierra firme y comienza el trayecto en barco. Tres horas, tres. Las primeras gotas de lluvia las recibo con cierta alegría. A las dos horas estoy hasta la punta del pie (literal y metafóricamente hablando) de agua, porque además, todos sabemos que a partir de cierta velocidad (ni mucha ni poca, la justa) el agua deja de ser blanda. Bien, nosotros navegábamos por encima de la velocidad límite del fluido en cuestión. Así de sencillo.
Me doy cuenta de que lo que yo creía protegido de la lluvia no lo está. El pasaporte y el formulario de entrada, que tan cuidadosamente había rellenado en el avión, y que es mi única forma (sencilla) de salir de este país, están empapados. Pero bueno, CREO que con un poco de buena intención puede leerse.
Llegamos a nuestro destino!¡ Llegamos y… tomo conciencia de la segunda realidad importante del día (después de lo de las vacas): En la selva no hay nada que hacer, a menos que seas Tarzán, Jane, Indiana Jones o similar. Aquí, la sensación de aislamiento y claustrofobia es bestial. Contra la claustrofobia social sé qué hacer: no pensar en ello (contra la física, pensar que aún puedes seguir respirando). Contra la sensación de aislamiento… CREER que se pasará.
Y es que, en estos momentos de mi vida, me cuesta pararme. Me cuesta estar, sin más. Ahora más que nunca, y no sé muy bien por qué. Cuando me doy cuenta de esto, cambio de pensamiento: me va a venir bien.
Al cabo de un rato aparece un grupo de 12 personas: yanquies, noruegas, holandeses, alemanas, ingleses y ecuatorianos. ¡Estamos en port aventura!
El campamento está… ESTÁ. El tema puertas-en-el-baño-y-duchas no se lleva. Tampoco me preocupa.
¡“Empieza la “diversión”!
Delfines rosados, mariposas transparentes, perezosos, monos de distintos tipos. Insectos… ¡miles de insectos!
Aquí, las hormigas (crudas) saben a limón. Los gusanos (crudos también)… a coco. Y quien no los pruebe, no puede decir que ha estado en la selva. Lo siento pero no.
¿La experiencia? Pues la verdad es que mola.
¿Heridas de guerra? Varias. Aunque creo que no me ha mordido ningún insecto (tengo en mi poder una camisa selvática que ni el mejor repelente de insectos de farmacia…). Puede, eso sí, que me los haya bebido… aunque CREO que no. No sé, cuestión de fe.